
Así es. Así fue y quién sabe, tal vez, Así seguirá siendo.
Así, viviendo en una constante escena cinematográfica aún no definida. Tal vez pictórica, estática. qué se yo. Sólo sé que ésta, sí es la mía.
Un ventanal alto, opaco, cansado, triste y empobrecido de color producto de los años, me llama, me busca, me enciende. Y sigue estando en frente de mí.
Yo le hablo, le cuento acerca de mi soledad y de las curvas que marcan los eufóricos automóviles sin gasolina.
Es así como todo comienza. Un aroma gris, a veces, con complejo de flor y rosa. Mis botas, mi abrigo y mi cabello.
La hora sigue, y para mí sesenta minutos, son sólo un segundo.
Mi avenida es la más otoñal. Mi avenida es la más concurrida. Mi avenida está tan nueva para mis pasos, que se siente como si mis pies estuviesen constantemente, en zancos.
Esos días, la lluvia me ahogó y por fin, me di cuenta que estaba sólo ella y yo. "Paula: soy sólo, ella y yo". Me repetía siete veces, cada veinte minutos de recorrido al día.
Entre mil doscientos segundos tan breves, aparecieron ellos.
Los paraguas y la gente.
Los paraguas sobre el smog.
Los paraguas sobre mi rostro.
Eran ellos y la avenida menos otoñal y concurrida de la vida.
Eran ellos, los que me ocultaban el rostro y los de los otros. Sin dejarme ver ni verlos.
Tan egocéntricos que cubrieron mi avenida, mi recorrido y mi vida de hoy.
Y siguen estando ahí, sobre todo, cuando los tristes azules se pierden entre los celestes paraguas.
Abro los ojos del corazón. Aquello me ayuda a darme cuenta de que...
a ellos, los necesito.
Los necesito para agrandar mi avenida, mi recorrido, mi vida.
Así, viviendo en una constante escena cinematográfica aún no definida. Tal vez pictórica, estática. qué se yo. Sólo sé que ésta, sí es la mía.
Un ventanal alto, opaco, cansado, triste y empobrecido de color producto de los años, me llama, me busca, me enciende. Y sigue estando en frente de mí.
Yo le hablo, le cuento acerca de mi soledad y de las curvas que marcan los eufóricos automóviles sin gasolina.
Es así como todo comienza. Un aroma gris, a veces, con complejo de flor y rosa. Mis botas, mi abrigo y mi cabello.
La hora sigue, y para mí sesenta minutos, son sólo un segundo.
Mi avenida es la más otoñal. Mi avenida es la más concurrida. Mi avenida está tan nueva para mis pasos, que se siente como si mis pies estuviesen constantemente, en zancos.
Esos días, la lluvia me ahogó y por fin, me di cuenta que estaba sólo ella y yo. "Paula: soy sólo, ella y yo". Me repetía siete veces, cada veinte minutos de recorrido al día.
Entre mil doscientos segundos tan breves, aparecieron ellos.
Los paraguas y la gente.
Los paraguas sobre el smog.
Los paraguas sobre mi rostro.
Eran ellos y la avenida menos otoñal y concurrida de la vida.
Eran ellos, los que me ocultaban el rostro y los de los otros. Sin dejarme ver ni verlos.
Tan egocéntricos que cubrieron mi avenida, mi recorrido y mi vida de hoy.
Y siguen estando ahí, sobre todo, cuando los tristes azules se pierden entre los celestes paraguas.
Abro los ojos del corazón. Aquello me ayuda a darme cuenta de que...
a ellos, los necesito.
Los necesito para agrandar mi avenida, mi recorrido, mi vida.

