domingo, 13 de septiembre de 2009

Mi soledad ya no es sensata

Hace más de cuatro días dejé que la soledad se quedara en mi casa. Sé que ella es una realidad de mi vida, sin embargo, nunca ha faltado la excusa para echarla por donde sea: por la cama, la puerta, la ventana, el libro, la música. Nunca falta un pretexto para expulsarla de mi espacio.
Ya es algo claro que una de mis características es ser despistada. No hay mayor duda. Aveces una despistada observadora, pero al fin y al cabo, despistada del momento. Y así fue como esta semana, por estar en nuestra luna, olvidé armar pretextos para que él me acompañara o para correr muy lejos. Esta semana no tuve destino ni conquista. Pero lo que sí tuve fue unas molestias en mis oídos, dolor de cabeza, fuerzas para odiar unas tantas situaciones, cuestionamiento y a tí, querida y rechazada soledad. A tí, desde mi ventana, en mi cama, en mi mesa y hasta la puerta. Por minutos, me vuelves loca, me causas frustración, peleamos hasta llorar.

Soledad, odio que seas tan gritona, creo que por eso siempre termino echándote a patadas de mi casa. Me gritas unas cuantas verdades que no quiero escuchar ni recordar. Me recuerdas que la vida ha dado más vueltas que yo y que no he hecho nada, sino que me he paralizado y además, que tengo llantos retrasados. Llantos que han perdido las palabras justas, el abrazo cálido del autor, el consuelo de los mayores.......................
Te hablo tanto de él, te menciono nuestra luna, la de nosotros. Te hablo de sus besos y mis sensaciones que de repente no tienen refugio. Te aprovechas de eso. Me cargas por eso: haces que me cuestione la falta de comprensión. Nunca sé qué hacer en esos momentos y como una buena cobarde, lloro debajo del silencio, como si alguien más que tú me fuese a escuchar.
Pero qué ingenua, me repito más de tres veces al día. Ingenua por estar en otra época.

El momento de la tregua es el más doloroso: no hay gritos, puedo escucharme. No te veo pero sigues acompañándome, me lo anuncias (eres tan irónica).
Y a mí no me queda más que hablarle a él: Qué pasa, que ya no leo lo que me escribes, qué cresta pasa, que ya no veo tu letra por ninguna de mis cajas. No entiendo, no hay frases que me den vuelta la cabeza y el corazón.
No entiendo mi incomprensión hacia ti.
No entiendo, me pregunto si te caíste de la luna. Me pregunto si olvidaste la hora, el tiempo y nuestros sueños. Me pregunto si olvidaste cómo era eso de hacerme cruzar las sensaciones.

Y tú, querida, te vuelves a aparecer frente a mí. Me gritas y yo sigo sin entender y aceptar que la boca de él no tiene por qué ser mi maldito y necesario subvenir.

viernes, 24 de julio de 2009

Una fecha especial

Hace mucho que no escribía. Hasta incluso, tardé quince minutos en entrar porque no recordaba la clave.

Hoy es uno de esos días en que la ingrata sensación en el estómago, se ha declarado como un síntoma de mi profunda necesidad de escribir para evitar los repentinos cambios de humor.

Hoy quiero escribir acerca de las fechas. Pienso que me hace feliz conmemorar fechas.
Desde hace once meses que puedo decir que tuve el día más feliz de mi vida. Sin titubeos, sin dudas, sin VUELTAS: el día más feliz de mi vida. Aunque muchos puedan encontrarlo algo psicópata o tal vez, "fanático", yo no lo siento ni lo veo de esa manera.
El día más feliz aún me hace sonreír y sentir mil ochocientas mariposas en el estómago.
Jamás pensaría que el ser humano, ni menos yo, podría llegar a experimentar tantas sensaciones en menos de media hora.

Las fechas marcan a las personas. Y sin duda, un 24 a mí me ha marcado. No cualquier 24, sino uno del mes de agosto.
Y aunque no todos los 24 son iguales, me hace feliz el recordar que yo sí he experimentado eso que llaman, el fin último. Claramente a veces no está, se va, se esconde, me evade... o quizás yo soy quien la evade. Pero no importa: basta con que me mires, la recuerdo y la vuelvo a experimentar.