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Y... cómo no escribir, si es el día preciso. Se prolonga tanto, que pareciera como si mis ojos fueran esas nubes que nos albergaron por tanto tiempo...
Y... cómo no sentirte,
si te escribo otra vez,
otra vez
y... una vez más...
Tus versos ya no me reflejan. Ya no marcas los arbitrarios minutos del reloj.
Tus besos ya no me tocan y mi piel se hace cada vez más escurridiza...
Tus ojos son los mismos
(cuando....)
Te vi y la lluvia no cesaba (último encuentro)
Tus ojos brillaban con la misma intensidad de como cuando al fin te encontré.
Te cuento que hoy sólo tengo un vestido rojo y un par de zapatos rotos. Están ahí, en la misma caja que mis manos empapeladas de amor (amor+miedo) te entregaron.
Ya no sé qué pasa...
Las tres luces azules pierden brillo
Y... cómo no decirte.....
gritarte, hablarte, llorarte, dormirme a tu lado, tomar tu mano y correr botando una a una las barreras.
Derrumbar la realidad, desahogarme y que tú vuelvas a marcar mi reloj a las quince con treinta...
Entre mis deseos a vivir un sábado más, para poder ver el estado de estos matices, estoy aquí. Mis inseguridades ya no serán motivo para dejar de escribir. Y ya no me importará el lugar. Será en donde sea. Y ahora, me pregunto cómo no, si un sábado jamás me falta.
Siempre comienzo con algo sencillo pero que más de una vez, incomoda mi existencia: Hoy me he puesto a analizar la fugacidad de los segundos, los minutos y las horas. Creo que no soy la única que lo ha analizado, es más, es hoy cuando más se recalcan los pasos apurados de las personas.
Simplemente concluyo que ya no tengo tanto tiempo para dormir. Es sólo eso. Y pienso que sólo queda decir un - y nada más- con gusto a poco.
El no tener tiempo para dormir, no significa que no existan minutos para mis queridos paseos solitarios: Puerto Varas, ocho de la noche, frío de otoño sureño, mi abrigo y mis ojos. Una sensación de nostalgia, un sabor a café cargado, calles heladas y tranquilas, y la libertad que hay por cada paso, me hizo aterrizar y dejar de ser despistada.
Observé, minuto a minuto, a todas las personas y ya no había duda: La ropa no significa nada.
La galería, que resultó ser mi destino fijo, estaba apiñada de gente: personas adultas, niños, mujeres esbeltas, hombres riendo, en fin, CASI toda la diversidad contenida en unos cuantos bancos y tiendas. Entre todos ellos, había un hombre de unos cuarenta y cinco años de edad. Estaba vestido con un pantalón de tela gris, una camisa blanca, una corbata un poco deshecha casi cerca de su cuello, y un abrigo gris más oscuro que el pantalón. AH! y cómo olvidar, sus zapatos de cuero, negros y brillantes.
POr último: el maletín, que apenas sostenía en sus manos, daba la última impresión para deducir que era un tipo que en el día había estado en su lugar de trabajo. Quién sabe si tenía un trabajo estable o si había estado justo unas dos horas antes en él, o hasta incluso, si sólo había asistido a una entrevista laboral. De lo único que podía estar segura, era de que vestía diferente a las demás personas de la galería.
El blanco en su cabeza, me hizo pensar que muchas historias podían guardar sus ojos. Hablaba con una mujer más joven que él. Le relataba historias entre cortadas en menos de cinco minutos: "Ella se que..aba, lloraaaa, rrr..ritaba. Le quise pegar máás. Mi amó e así".
El lento pestañear de sus ojos, la voz entrecortada y el desequilibrado caminar, delataban el recóndito miedo debajo de las formales prendas. Él deletreaba palabras, palabras mareadas y cansadas.
No era un hombre quien había excedido en copas, sino más bien era un hombre ebrio de superficialidad, ebrio de dolor, ebrio de olvido, ebrio de violencia, ebrio de bipolaridad, ebrio de represión, y pensé: "¿qué más da?". Necesité un hombro para llorar disimuladamente.
Imaginaré a la gente desnuda, me sentiré libre, espontánea, suficiente y cálida. Y si es necesario, huiré todos los viernes.