
Le llamamos, encuentro.
Sí, paso por paso, con los ojos vendados recorriendo lugares ajenos.
Acusación de inmiscuir, pero en seguida e inmediatamente hubo un reconocimiento.
- ¿Y tú?...... ¿Qué haces ahí?
Tu mente ya casi se inunda de incógnitas y palabras disfrazadas.
Lo cierto es que no hay lugar donde tú no entregues magia.
Aprendes a brillar a pesar de los infinitos contrastes y líneas perfectamente trazados en papeles desgastados.
En la oscuridad reluces, te admiran, que es exactamente lo que necesitas.
- ¿Por qué tal necesidad?
La verdad es que no tienes conducta de ser una persona mediocre, es más… se registran archivos de una obsesiva inconformista.
Y ahí estás, me sientes pero me evitas.
No crees en mí pero me reluces.
Cuando decaes, tú me has escondido.
Estás dando vueltas, explícitamente, en esta esfera plagada de superficialidad. No te das cuenta pero hay una salida (¿Una?). Infinitas.
(Estoy mareada).
Todo se enlaza en ti y en mi (interioridad).
Desde el primer día donde todos miraban tu pureza y hermosura, pasando por amargas soledades y dulces angustias, hasta incluso leyendo uno de los últimos capítulos con esa conocida y rotunda admiración, donde creías que el libro estaba incompleto y te daba por cuestionar. Aun sigues cuestionando.
Las vueltas son paralelas, siempre llegas al punto homólogo.
Las vueltas muchas veces, son trances. Te llevan a esa monótona incomprensión entre el blanco y el negro, sin sentido de bueno/malo, sino que sólo con un sentido de oposición y distinción.
Los círculos te parecen un poco engañosos pero aún así, necesarios.
El día que ya no necesites fotografías ni dibujos, estarás completamente en el féretro. Porque ahí comenzará el sendero de la tranquilidad avasalladora, tranquilidad en un ser cronopio, inexistente pero creado por un personaje que dejó fluir la pluma por las nubes. ¿Inexistente? Según lo visible. Y… ¿Dónde queda lo invisible?
Pues hacia allá voy/vas.
Me comentaste que te encontrarías en ciertos lugares fríos que no llegan a helar, con urgencia señalaste la palabra rescate.
Te rescaté y ya basta de diferenciarnos.
Niña uno/dos.
Y ahora, estamos aquí.
Ella ya hablo suficiente (nunca fue/es suficiente).
No bastó memorizar, con veracidad… no recuerdo demasiado, sólo te hablo y me quedo con la reminiscencia del caso (siempre me he quejado de esta mala memoria).
- Tú calcas en el alma los momentos y dibujas con letras las situaciones.
Me he dado cuenta que hacemos un buen complemento, que tu fugacidad hace mi esperanza. Aún así sientes que de algo careces. Esa es tu desesperación. No encuentras equilibrio ni nada que se le asemeje. Es por tu soledad, pero lástima… no quieres verla porque realmente es lo que más te aterra en este confuso sendero.
Entre velas, chocolates, espejos, pastillas y líquidos se nos pasan las milésimas dentro de minuteros y segunderos arbitrarios.
Y Aquí estás, sí… pero en el espejo ya no está ese reflejo transparente sin energía.
Eres tú con la misma pureza compasiva de siempre, pero con una gran diferencia, la fortaleza abunda. Aunque no es parte de tu esencia. No. Es de él.
Compartió un par de sonrisas y palabras para mostrarte otras dimensiones que nunca encontraste en este largo sendero esférico que creíste tan confuso.
Nubes. Estrellas. Arco iris. Cielo.
Las manos abstractas recobraron, con su fortaleza, el sentido a esta alma que estuvo dividida.
Nos detuvimos.
… (Me detuve).
En cualquier momento, esos imparables segundos, vuelven a girar en trescientos sesenta grados.
Soy yo.
Y fue el encuentro, entre dos.
¿Los miedos? Por el desván.