miércoles, 31 de octubre de 2007

El mismo revestir de ayer


Una tenida planchada, ordenada, estirada e inquieta me espera sobre la cama. Contemplo con indecisión los monótonos colores que han de caracterizar las ocasiones como éstas.

¿qué más me puede decir el negro, el blanco y el gris?
¿qué hay de nuevo que no he descubierto?

Pienso que hace bastante atardeceres atrás, me guardaba un resto de verde y más de gris para la próxima ocasión.

Se me olvidan las letras, las palabras y el sentido.
El sin-sentido detrás de la muñeca sonriente y de la polera desgastada.

Bueno, ¿y qué más? yo debería estar ansiosa porque algo tan PERFECTO me espera ahí, tan complasciente como nunca.

O bueno talvez una vez más debo recalcarme que EL TIEMPO ESTÁ CORRIENDO

el tic tac se asemeja a la presión

y yo me DEBO IR,
en busca de la tenida sobre la cama
en busca del abrazo helado que me haga despertar
en busca del pincel que me hizo pintar sonrisas
en busca del ánimo detrás del algodón

.

.

ALLÁ VOY . . . . . . .



lunes, 1 de octubre de 2007

Mi viaje interno



Le llamamos,
encuentro.

Sí, paso por paso, con los ojos vendados recorriendo lugares ajenos.
Acusación de inmiscuir, pero en seguida e inmediatamente hubo un reconocimiento.

- ¿Y tú?...... ¿Qué haces ahí?

Tu mente ya casi se inunda de incógnitas y palabras disfrazadas.
Lo cierto es que no hay lugar donde tú no entregues magia.
Aprendes a brillar a pesar de los infinitos contrastes y líneas perfectamente trazados en papeles desgastados.
En la oscuridad reluces, te admiran, que es exactamente lo que necesitas.
- ¿Por qué tal necesidad?
La verdad es que no tienes conducta de ser una persona mediocre, es más… se registran archivos de una obsesiva inconformista.


Y ahí estás, me sientes pero me evitas.
No crees en mí pero me reluces.
Cuando decaes, tú me has escondido.


Estás dando vueltas, explícitamente, en esta esfera plagada de superficialidad. No te das cuenta pero hay una salida (¿Una?). Infinitas.

(Estoy mareada).


Todo se enlaza en ti y en mi (interioridad).

Desde el primer día donde todos miraban tu pureza y hermosura, pasando por amargas soledades y dulces angustias, hasta incluso leyendo uno de los últimos capítulos con esa conocida y rotunda admiración, donde creías que el libro estaba incompleto y te daba por cuestionar. Aun sigues cuestionando.
Las vueltas son paralelas, siempre llegas al punto homólogo.
Las vueltas muchas veces, son trances. Te llevan a esa monótona incomprensión entre el blanco y el negro, sin sentido de bueno/malo, sino que sólo con un sentido de oposición y distinción.

Los círculos te parecen un poco engañosos pero aún así, necesarios.

El día que ya no necesites fotografías ni dibujos, estarás completamente en el féretro. Porque ahí comenzará el sendero de la tranquilidad avasalladora, tranquilidad en un ser cronopio, inexistente pero creado por un personaje que dejó fluir la pluma por las nubes. ¿Inexistente? Según lo visible. Y… ¿Dónde queda lo invisible?
Pues hacia allá voy/vas.


Me comentaste que te encontrarías en ciertos lugares fríos que no llegan a helar, con urgencia señalaste la palabra rescate.

Te rescaté y ya basta de diferenciarnos.
Niña uno/dos.


Y ahora, estamos aquí.

Ella ya hablo suficiente (nunca fue/es suficiente).

No bastó memorizar, con veracidad… no recuerdo demasiado, sólo te hablo y me quedo con la reminiscencia del caso (siempre me he quejado de esta mala memoria).
- Tú calcas en el alma los momentos y dibujas con letras las situaciones.
Me he dado cuenta que hacemos un buen complemento, que tu fugacidad hace mi esperanza. Aún así sientes que de algo careces. Esa es tu desesperación. No encuentras equilibrio ni nada que se le asemeje. Es por tu soledad, pero lástima… no quieres verla porque realmente es lo que más te aterra en este confuso sendero.


Entre velas, chocolates, espejos, pastillas y líquidos se nos pasan las milésimas dentro de minuteros y segunderos arbitrarios.

Y Aquí estás, sí… pero en el espejo ya no está ese reflejo transparente sin energía.
Eres con la misma pureza compasiva de siempre, pero con una gran diferencia, la fortaleza abunda. Aunque no es parte de tu esencia. No. Es de él.
Compartió un par de sonrisas y palabras para mostrarte otras dimensiones que nunca encontraste en este largo sendero esférico que creíste tan confuso.
Nubes. Estrellas. Arco iris. Cielo.
Las manos abstractas recobraron, con su fortaleza, el sentido a esta alma que estuvo dividida.


Nos detuvimos.

… (Me detuve).

En cualquier momento, esos imparables segundos, vuelven a girar en trescientos sesenta grados.

Soy yo.
Y fue el encuentro, entre dos.

¿Los miedos? Por el desván.

domingo, 30 de septiembre de 2007

Énfasis



Y... cómo no escribir, si es el día preciso. Se prolonga tanto, que pareciera como si mis ojos fueran esas nubes que nos albergaron por tanto tiempo...
Y... cómo no sentirte,
si te escribo otra vez,

otra vez
y... una vez más...

Tus versos ya no me reflejan. Ya no marcas los arbitrarios minutos del reloj.
Tus besos ya no me tocan y mi piel se hace cada vez más escurridiza...
Tus ojos son los mismos
(cuando....)

Te vi y la lluvia no cesaba (último encuentro)
Tus ojos brillaban con la misma intensidad de como cuando al fin te encontré.

Te cuento que hoy sólo tengo un vestido rojo y un par de zapatos rotos. Están ahí, en la misma caja que mis manos empapeladas de amor (amor+miedo) te entregaron.
Ya no sé qué pasa...
Las tres luces azules pierden brillo
Y... cómo no decirte.....
gritarte, hablarte, llorarte, dormirme a tu lado, tomar tu mano y correr botando una a una las barreras.

Derrumbar la realidad, desahogarme y que tú vuelvas a marcar mi reloj a las quince con treinta...

sábado, 29 de septiembre de 2007

Un viernes, ella huyó por la puerta trasera de la casa.




Entre mis deseos a vivir un sábado más, para poder ver el estado de estos matices, estoy aquí. Mis inseguridades ya no serán motivo para dejar de escribir. Y ya no me importará el lugar. Será en donde sea. Y ahora, me pregunto cómo no, si un sábado jamás me falta.


Siempre comienzo con algo sencillo pero que más de una vez, incomoda mi existencia: Hoy me he puesto a analizar la fugacidad de los segundos, los minutos y las horas. Creo que no soy la única que lo ha analizado, es más, es hoy cuando más se recalcan los pasos apurados de las personas.
Simplemente concluyo que ya no tengo tanto tiempo para dormir. Es sólo eso. Y pienso que sólo queda decir un - y nada más- con gusto a poco.


El no tener tiempo para dormir, no significa que no existan minutos para mis queridos paseos solitarios: Puerto Varas, ocho de la noche, frío de otoño sureño, mi abrigo y mis ojos. Una sensación de nostalgia, un sabor a café cargado, calles heladas y tranquilas, y la libertad que hay por cada paso, me hizo aterrizar y dejar de ser despistada.

Observé, minuto a minuto, a todas las personas y ya no había duda: La ropa no significa nada.


La galería, que resultó ser mi destino fijo, estaba apiñada de gente: personas adultas, niños, mujeres esbeltas, hombres riendo, en fin, CASI toda la diversidad contenida en unos cuantos bancos y tiendas. Entre todos ellos, había un hombre de unos cuarenta y cinco años de edad. Estaba vestido con un pantalón de tela gris, una camisa blanca, una corbata un poco deshecha casi cerca de su cuello, y un abrigo gris más oscuro que el pantalón. AH! y cómo olvidar, sus zapatos de cuero, negros y brillantes.
POr último: el maletín, que apenas sostenía en sus manos, daba la última impresión para deducir que era un tipo que en el día había estado en su lugar de trabajo. Quién sabe si tenía un trabajo estable o si había estado justo unas dos horas antes en él, o hasta incluso, si sólo había asistido a una entrevista laboral. De lo único que podía estar segura, era de que vestía diferente a las demás personas de la galería.
El blanco en su cabeza, me hizo pensar que muchas historias podían guardar sus ojos. Hablaba con una mujer más joven que él. Le relataba historias entre cortadas en menos de cinco minutos: "Ella se que..aba, lloraaaa, rrr..ritaba. Le quise pegar máás. Mi amó e así".

El lento pestañear de sus ojos, la voz entrecortada y el desequilibrado caminar, delataban el recóndito miedo debajo de las formales prendas. Él deletreaba palabras, palabras mareadas y cansadas.
No era un hombre quien había excedido en copas, sino más bien era un hombre ebrio de superficialidad, ebrio de dolor, ebrio de olvido, ebrio de violencia, ebrio de bipolaridad, ebrio de represión, y pensé: "¿qué más da?". Necesité un hombro para llorar disimuladamente.

Imaginaré a la gente desnuda, me sentiré libre, espontánea, suficiente y cálida.
Y si es necesario, huiré todos los viernes.