miércoles, 18 de junio de 2008

Recortando las horas


Salida de un lugar cerrado, muy cerrado: mi casa (así se hace llamar): yo envuelta en una bufanda gris, acatando frases como: “¿va lo suficientemente abrigada?, usted no sabe lo que allá afuera la espera”. Yo sonrío y sigo mi camino. Corro.

Para variar voy atrasada (según mi perspectiva). Pareciera como si las sensaciones tornaran mi pulso y mis apresurados pasos.

El aire congelado sobre el rostro, los ojos lagrimean, las piernas producen un movimiento débil e indeciso, y allá vamos todos, otra vez.

Seis de la tarde, el cielo está oscuro, los resquicios de lluvia siguen en las calles. Sobre todo, en esas esquinas que me abrazan con tanta espera al verde.

Siempre voy pensando en la existencia de alguien detrás de mí, que siga mi caminar, que piense en mi dirección, en mis sentidos, hasta incluso, en mis deseos de cambiar.

Mientras lo hago, mi mirada desciende hacia el húmedo asfalto.

Un tono mezclado de gris, negro y blanco me saluda insistentemente. Qué saludo más estremecedor para esos pensamientos más ocultos, dentro de los sentimientos más sencillos de la rutina que innova siempre en mí. Siempre.

Me vuelvo a preguntar si hay alguien que siga mi caminar, mis colores, mis matices, mis deseos y mis cambios.

No hay respuesta. Y el desván sigue ahí, junto a la puerta de entrada que se me hace cada vez más lejana.

“21:40. 21.50. 22:O3”
Ya es la hora. Ya es más de la hora.

Y mi respuesta impecable junto a la puerta de entrada. El reflejo de un rostro similar al que mis emociones atienden, cobijan, reconocen y aceptan.


“No hay nadie siguiendo tus pasos ni fotografiando tus huellas”.
Retumba mi voz. Su voz. MI voz.


10:44 A.m.

Es la rutina innovadora, otra vez, golpeando nuestras mutaciones.

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